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Agresividad Infantil

La autonomía física que logran los niños a partir del año de vida, después de aprender a caminar y a desarrollar capacidades motoras, los mueve a usar la fuerza de su cuerpo y la habilidad de sus brazos y piernas para satisfacer sus deseos. Un juguete o un rico dulce en manos de un hermano o amigo, basta para lograr activar sus destrezas, y morder o pegar ante el primer ‘NO’ que reciben como respuesta. ¿Qué hacer para enseñarles a controlar sus impulsos? ¿Cómo lograr que no muerdan o golpeen? ¿Es posible -realmente- controlar la agresividad infantil?.

En muchos niños afloran los impulsos agresivos desde el primer año de vida y aunque para algunos se trate de conductas reprochables, mala crianza o falta de límites, esta es una etapa normal del desarrollo infantil. Hasta los tres años, incluso, es normal que los niños peleen con otros para conseguir lo que desean. Pero es importante, además de tolerar esta natural agresividad, que los papás controlen los impulsos de sus hijos y -a través de la conversación- les enseñen, poco a poco, a controlarlos.

El logro de los deseos

El desarrollo emocional y cognitivo de los niños les permite a partir del año de vida estar más consciente de sus deseos y, además, de sus capacidades para satisfacerlos. Si quieren un juguete de algún niño y no lo consiguen, son capaces de pegarle al otro para conseguirlo. Es así como surge la agresividad infantil, que se define como el daño provocado a objetos o personas de manera intencionada, de manera física o emocional y directa o indirectamente. Se trata de agresividad física cuando un niño golpea a otro niño o a un adulto, y emocional cuando arremete con insultos, gestos o actitudes. Asimismo, la agresividad infantil directa se da cuando el niño le pega al amigo o adulto con el que está enojado, e indirecta en los casos en que golpea la mochila del compañero o a la cartera de mamá, por ejemplo. En opinión de Mónica Rademacher, psicóloga infanto-juvenil y terapeuta familiar y de pareja, estas manifestaciones son normales y dan cuanta del desarrollo emocional y social de los niños. “La tarea de los niños en esta etapa, desde el primer año de vida hasta los tres años aproximadamente, es aprender a auto-regularse, por lo tanto, cuando pelea está experimentando, entrenando y poniendo a prueba de alguna manera su capacidad para controlar sus impulsos frente a determinadas situaciones”, explica la psicóloga. La autorregulación, como señala Mónica Rademacher, es una habilidad que se aprende. “El niño no nace sabiendo controlar sus emociones y sus deseos, y aprende a hacerlo solamente en la medida en que se relaciona con sus pares, especialmente en situaciones sociales y espacios como el jardín infantil. Por eso, es normal que pelee con niños de su edad, pero los padres deben tener claro que es responsabilidad de ellos ayudar a sus hijos a controlar la agresividad natural que tiene cada uno”, indica la profesional.

La familia como modelo

La agresividad infantil es, como tantos otros fenómenos, una etapa dentro del desarrollo de los niños. Por lo tanto, debe superarse entre los 3 y 4 años de edad, para permitir el paso a las siguientes fases del proceso evolutivo. Numerosos estudios avalan la directa relación entre un niño agresivo y un adulto agresivo, y los problemas que acarrea el hecho de no ‘superar’ esta etapa. Esto ocurre, en general, cuando la agresividad no responde sólo al proceso de desarrollo normal, si no que está motivada más bien por alguna situación ansiosa, como peleas familiares frecuentes, trastornos emocionales o factores biológicos como inmadurez. También se da cuando los padres castigan físicamente a los hijos o son incapaces de manejar su propia frustración y sus impulsos agresivos. Como indica Mónica Rademacher, “cuando los padres educan bajo un modelo agresivo, es decir, utilizan los gritos y los golpes para tratar de imponer ciertas conductas en sus hijos, puede pasar que el niño se inhiba muchísimo o que imite esas mismas conductas agresivas. Lo más fuerte y potente para enseñar a los hijos a controlar su agresividad, es a través del ejemplo y eso se hace manteniendo la calma frente a situaciones de conflicto, nunca respondiendo con agresividad a estímulos agresivos”. Muchas veces, señala la psicóloga, estas situaciones son llamados de atención. “En ocasiones los niños pelean y se portan mal cuando sienten que no están siendo escuchados por sus papás o cuando se sienten excluidos. En general, cuando se mantiene un caso de conducta agresiva en los niños, siempre se asocia a un mal manejo de los padres, por desconocimiento o por cansancio. Aprender a controlar las conductas agresivas de los niños requiere de mucha paciencia, tiempo y perseverancia, pero es fundamental para lograr que superen esta etapa y sepan controlar sus impulsos y frustraciones cuando adultos.

Fuente: Mineduc, Editorial Aljibe

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