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Las ‘malas’ madres

No puedo pasar inadvertido este magnífico artículo, donde la autora en pocas pero precisas palabras explica las bases y la “evolución” (o involución) de la maternidad en occidente. Gracias Ileana por dejarme publicarlo en este blog.

Lo que conocemos por “civilización occidental”, la unión del judeo-cristianismo con el Imperio Romano, se fundó sobre la omisión de la madre.

El valor simbólico del mito de Rómulo y Remo es precisamente ese: la horfandad. La madre ha desaparecido y en su lugar aparece una loba. Roma y su imperio de césares se fundaron con la madre ausente.

En el mito judeo-cristiano, sucede exactamente lo mismo. Los seres humanos tenemos una madre: Eva, salida de la costilla de Adán (o sea, secundaria) y además pecadora. De esa guisa, todos somos unos “hijos de puta”. Pecado original que consiste tanto en querer saber, como en asumir nuestra sexualidad. ¡Vaya pecado!

María, la madre cristiana, era lo contrario: virgen. O sea, Eva pecó y por ello fue condenada (a parir con dolor). María, con la lección aprendida, no llegó siquiera a pecar. La dualidad virgen/puta nos ha encorsetado a las mujeres a lo largo de estos milenios de civilización patriarcal.

En la mayoría de los cuentos infantiles clásicos también la historia parte de una madre muerta, a partir de la cual se desata la desgracia, y la búsqueda de un “príncipe” salvador.

Estos mitos encierran en sí mismos una verdad “oculta” durante muchos siglos: la sociedad patriarcal reprime a la mujer, y con ello, perjudica su poder maternante. Nos convierte a todos en huérfanos, de cierto modo.

El llamado “feminismo de la igualdad” perdió el rumbo al creer que lo peor del patriarcado ha sido que las mujeres no hayamos podido acceder a los oficios y profesiones, al trabajo remunerado, a la vida pública, al derecho al voto, y al poder político y económico.

Eso es cierto, y muy lamentable. Pero lo peor, lo que nos cuentan Luperca, Eva y María es que la mujer mutilada, reprimida y violentada, no es la madre que ella misma puede llegar a ser.

¿Por qué?

Pues porque embarazo, parto y lactancia son parte de la sexualidad femenina. La represión de la sexualidad femenina que ha dominado durante este par de milenios de nada, no sólo nos ha perjudicado como mujeres, sino que ha perjudicado a las criaturas, criaturas que somos todos.

Todos descendemos de esa madre maniatada, y como consecuencia, frígida. La cría humana necesita una madre sexual, feliz en su propio cuerpo, y capaz de sentir placer al concebirle, al gestarle, al parirle, al amamantarle y al abrazarle. Una mujer plena, amada y sostenida, cuya libido, cuya poderosa energía vital, se desplace hacia la cría en el puerperio, para que así el niño construya su sistema emocional desde el amor, no platónico, sino palpable, corporal, líquido, lechoso y caliente.

El problema actual de la maternidad y la culpa, no es que las mujeres nos hayamos incorporado al trabajo. La mujer que no trabajaba en el pasado también estaba mutilada, aún más que las mujeres actuales. Las mujeres ricas de las épocas anteriores eran separadas de sus hijos nada más nacer, que eran criados por otras. Las mujeres pobres bastante tenían con su miseria, la ignorancia, insalubridad, las enfermedades, el marido abusador…(y sigue siendo así en la mayor parte del mundo).

La dominación se delata en nuestros cuerpos de dos maneras básicas:

– Sexualidad reprimida: Todavía existen mujeres que ni siquiera saben lo que es un orgasmo. La cópula se sigue representando en todas partes como un “mete y saca” en el que la mujer gime y el hombre finalmente eyacula. Algo totalmente disociado de la verdadera sexualidad femenina.

-Autoestima baja: Siglos y siglos de mujeres sometidas, a la violencia emocional y física, como se sigue demostrando tristemente cada día. Los procesos fisiológicos de las mujeres considerados como algo de lo que avergonzarse: menstruación, flujo vaginal, olor, embarazo, parto, menopausia… considerados y tratados como enfermedades.

Estos dos factores influyen decisivamente en la MATERNIDAD. La maternidad es sexualidad: embarazo, parto y lactancia son parte de nuestro ciclo sexual, de nuestro ciclo reproductor. Vivirlos desde nuestra sexualidad reprimida y desde nuestra baja autoestima perjudica a nuestras criaturas, de una manera invisible.

La “emancipación” de la mujer no es sólo la emancipación económica, y ahí es donde fallan las “feministas de la igualdad”. La liberación femenina -y masculina- es un camino que nos lleva hasta nuestro propio cuerpo. A la asunción y no a la negación de nuestra biología y de nuestras emociones.

A nivel individual, cada una de nosotras hace lo que mejor puede y entiende. Pero a nivel social, tenemos el deber de curar la femineidad, para poder curar la maternidad. Para mejorar el entorno en que se forjan todos los miembros de la especie.

La reivindicación pública por parte de cada vez más mujeres del embarazo consciente, del parto libre y de la lactancia materna no va dirigida contra otras mujeres ni contra otras madres. No es un ataque a ninguna otra mujer ni opción. Cada una de nosotras es libre, o mejor dicho, cada una es presa de nuestras propias circunstancias y de nuestra propia historia personal, totalmente respetable.

Pero como sociedad, los poderes públicos, las políticas sociales deberían tomarse en serio la mejora del entorno en que se forman, nacen y se crían todos los seres humanos del futuro.

Creo que la libertad de las mujeres pasa por la libertad de asumirnos y reconciliarnos con nuestros cuerpos, con nuestra sexualidad y con nuestra autoestima.

Devenimos madres por los mismos mecanismos biológicos que lo hacen las monas, las lobas, las vacas, las murciélagas y todas las demás mamíferas. Si no somos capaces de concebir, de parir, o nuestras tetas no funcionan, algún problema grave hay subyacente, un problema que se trasmite de generación en generación, a través precisamente de la maternidad y la crianza, y que se ha agravado en el último siglo por la excesiva tecnologización y perturbación de los procesos (y por la gran facilidad con que, aparentemente, podemos sustituirlos).

Si de repente al 70% de los seres humanos nos dejara de funcionar nuestro hígado, ¿intentaríamos buscar las causas, verdad? ¿Entonces por qué vemos como algo “normal” que a las mujeres dejen de funcionarnos nuestras tetas? ¿Por qué las mismas mujeres creen que “no tener leche” es una desgracia que les ha tocado sin más, y que no tiene remedio más allá del biberón?

La represión no sólo afecta a las mujeres, también afecta a los hombres. Durante siglos nos hemos alejado de nuestros cuerpos, en los que quedan perpetrados las huellas de nuestras propias historias de desamparo, de desamor, de miedo, de represión y de acorazamiento frente a las emociones: eso son las enfermedades.

Wilhem Reich (como el gran “nigromante” y sabio que fue) lo vio con claridad : al nacer, aprendemos pronto que el amor maternal y paternal no es incondicional. Que debemos reprimir nuestras emociones, nuestros deseos y nuestras conductas para recibir amor y aprobación. Y a partir de ahí surge todo.

“La civilización comenzará el día en que la preocupación por el bienestar de los recién nacidos prevalezca sobre cualquier otra consideración” -dijo.

Con ese mal empezar, la historia de la infancia ha sido la que describe el historiador Lloyd deMause: la historia de la infamia, del maltrato, de la violencia, del abuso, la historia de cómo la raza humana destroza a sus propios miembros desde el mismo comienzo de su vida.

Así es como se trasmite la represión -y la carencia de cuidado- de generación en generación. Y por eso, cuando devenimos madres nos ataca la culpa. Nos ataca nuestra propia “sombra”, nos deprimimos con tanta frecuencia… La niña desamparada que a su vez fuimos se apodera de nosotras y llora en competencia con nuestro bebé.

El hombre, que debería ser nuestro sostenedor emocional en ese momento, pero que también fue un niño privado, no puede asumir ese papel. Al revés, muchas veces se convierte en el depredador emocional de la madre y de la cría, reclamando para sí la atención que el bebé merece. (A lo largo de siglos, las mujeres dominadas hemos tenido que servir de criadas de nuestros maridos, “ladrones” de cuidados que corresponderían a las crías, a quienes ellos tendrían también que cuidar. Así el padre no sólo no ha sido cuidador, sino que le ha arrebatado a la madre buena parte de sus energías cuidadoras).

Cada vez que dejamos al niño llorar sin consolarlo, cada vez que lo dejamos solo, cada vez que le gritamos o pegamos, cada vez que reprimimos sus emociones diciéndole que no se llora, cada vez que le negamos nuestro cuerpo, nuestro tiempo o nuestra mirada, estamos proyectando nuestra propia infancia. Herimos a los demás donde mismo hemos sido heridos.

Ésa es la historia de puerperios que tan bien ha descrito la psicoterapeuta argentina Laura Gutman en sus libros. Esa es la historia de “represión del deseo materno” que magistralmente explica la bióloga española Casilda Rodrigañez. Esa es la historia oculta de nuestras enfermedades que revela la la filósofa y psicóloga polaco-suiza Alice Miller en El cuerpo nunca miente. y el resto de sus libros. Esa es la historia de desencuentro con nuestro útero, nuestros ovarios, nuestra vagina y nuestros pechos que retrata la médica norteamericana Christiane Northrup en Cuerpo de Mujer, Sabiduría de Mujer.

La relación entre sexualidad femenina y maternidad es la clave. La clave de nuestra incapacidad para sentir placer al amamantar o al sostener a nuestros hijos. Y ésa, nos ha sido arrebatada, de manera genérica, a lo largo de siglos de represión.

Ileana Medina Hernandez
Del blog ‘Tenemos Tetas‘ (fuente original del artículo)

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