El libro ‘La revolución de nacimiento‘, que defiende el parto natural y denuncia la excesiva medicalización de este proceso en nuestro país.
Cuando una leona se pone de parto, busca un lugar seguro, íntimo y aislado. Si aparece algún ‘curioso’ o surge un peligro, la leona, instintivamente, interrumpe el parto y se traslada a otro lugar. Necesita tranquilidad para traer a sus cachorros al mundo.
Las españolas también somos mamíferas, pero, cuando una parturienta llega a un hospital -hay excepciones: no todos son iguales- le abren una vía en el brazo, le ponen un enema y le rasuran el vello público. La dilatación transcurre en una sala fría, fuertemente iluminada y donde a cada rato alguien le mete los dedos en la vagina. A la mujer le prohibirán comer y beber.
Si su parto no progresa adecuadamente -según los criterios de los profesionales sanitarios de turno- le pondrán un gotero con oxitocina, que hace las contracciones del útero mucho más dolorosas para la mamá y más violentas para el bebé. Por eso, hay más posibilidades de que la mujer pida la epidural, una anestesia que calma el dolor pero interfiere en el parto. Con su mamá tumbada boca arriba, el bebé no puede aprovechar la fuerza de gravedad para salir, por lo que es casi seguro que a la mujer le cortarán el periné y quizás el médico se valga de fórceps o ventosas para sacar al niño. La oxitocina y la antinatural posición de la mujer hacen más probable que los monitores detecten malestar fetal, por lo que quizá haya que practicar una cesárea. Pinzar el cordón umbilical antes de que deje de latir hará que el bebé se quede repentinamente sin oxígeno y su primera respiración sea casi de terror. Es probable que enseguida sea separado de su madre para limpiarlo y realizarle pruebas. Si ha nacido por cesárea, la separación puede prolongarse horas o días, biberones mediante, y será más difícil establecer la lactancia materna y más probable la depresión posparto…
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