La noción de que los seres humanos nacemos con una naturaleza malvada aún está presente en la actitud de la civilización occidental hacia los niñ@s. Esto se traduce en que, al menos inconscientemente, asumimos que los niñ@s nacen con impulsos y tendencias inaceptables que no desaparecerán, a menos que los enseñemos a controlarse, negando y reprimiendo su instinto y su naturaleza impulsiva. Quienes proponen esta teoría consideran que la labor de los padres es “domesticar” y civilizar la naturaleza bárbara de sus hij@s”.
Esta teoría asume que los niñ@s, de una forma natural, golpearían y morderían a otras personas, y se negarían, por ejemplo, a utilizar el baño. Quienes defienden esta postura afirman que los niñ@s no sabrían compartir, ni cooperarían o ayudarían a otras personas, y hasta dan por hecho además que mentirían, robarían y destruirían propiedades y bienes, a menos que se les enseñe disciplina y valores morales, y se les impongan las normas de la sociedad.
Los padres son empujados a castigar a los niñ@s que se comportan mal, y hacerles sentirse malos y culpables. La culpabilidad se considera como la gran fuerza motivadora detrás de cualquier comportamiento social aceptable. Los niñ@s aprenden así a desistir de sus modos “repugnantes e incivilizados” porque aman a sus padres, desean complacerles, y desean ser amados por ellos.
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